Hay dentro de toda cosa la indicación de una posible plenitud

Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote

Existe una tendencia muy extendida a estudiar las fuentes del Derecho como si fueran únicamente un problema técnico. Se enumeran órganos, procedimientos, jerarquías normativas. Se habla de quién puede crear normas y en qué forma debe hacerlo. Sin embargo, esta aproximación, siendo necesaria, resulta insuficiente si se pierde de vista algo más profundo pues el Derecho es, antes que un sistema de reglas, una forma de organización moral de la convivencia.

Tradicionalmente, el estudio de las fuentes del Derecho ha incluido dos cuestiones que conviene distinguir con cuidado. Por un lado, la identificación de los agentes que tienen capacidad para producir Derecho. Por otro, la determinación de las formas concretas en las que ese Derecho se expresa y se hace reconocible dentro de una comunidad. Esta doble dimensión permite comprender que el Derecho no nace solo de la voluntad normativa formal, sino también de la posición que cada actor ocupa dentro del entramado social e institucional.

Cuando se analiza quién puede crear Derecho, el debate suele girar en torno a los llamados sujetos sociales con capacidad normativa. Pero esta cuestión nunca ha sido puramente jurídica. Siempre ha estado atravesada por tensiones políticas, por disputas sobre quién debe controlar los mecanismos de organización social. No es casual. El Derecho es uno de los instrumentos más poderosos para estructurar la vida colectiva, y es por eso, por lo que cada sociedad refleja en su Derecho la correlación real de fuerzas que existe en su interior.

Desde una perspectiva inspirada en el pensamiento de Roger Scruton esto nos obliga a recordar algo tan esencial como el hecho de que las instituciones jurídicas no son simples construcciones técnicas diseñadas desde cero por la razón abstracta sino el resultado de una compleja sedimentación histórica. Son prácticas que han sobrevivido porque han permitido a las comunidades mantenerse unidas, resolver conflictos y generar expectativas estables. Cuando se olvida este carácter orgánico del Derecho, se corre el riesgo de convertir la producción normativa en un ejercicio de ingeniería social desconectado de la experiencia moral de la comunidad.

El mismo fenómeno aparece cuando analizamos las formas de manifestación del Derecho. Identificar cuáles son las fuentes formales, ley, jurisprudencia, reglamento, costumbre, no es solo una cuestión clasificatoria. También implica decidir qué instrumentos consideramos legítimos para organizar la convivencia. Y, de nuevo, en esa decisión reaparecen las luchas por el control del Derecho como medio privilegiado de orden social.

El Derecho nunca ha sido un espacio neutral. Siempre ha sido un territorio donde se proyectan intereses, visiones del mundo y concepciones de la sociedad. Pero esto no significa que el Derecho sea únicamente una herramienta de poder. También es un espacio de continuidad histórica. Es el lugar donde una sociedad conserva aquello que considera valioso y transmite esas formas de vida a las generaciones siguientes.

Por ello, a fortiori, el estudio de las fuentes del Derecho exige algo más que técnica jurídica. Exige comprender la relación entre norma, poder social e identidad colectiva. Cada época redefine quién puede crear Derecho y cómo debe hacerlo. Y en esa redefinición se juega algo más que la organización del poder. Se juega la forma misma en que una comunidad decide entenderse a sí misma.

En última instancia, el Derecho no puede separarse del tejido moral que lo sostiene. Cuando las normas dejan de reflejar la experiencia social vivida, el Derecho pierde autoridad. Y cuando las instituciones jurídicas rompen con la tradición que las legitima, dejan de ser reconocidas como propias por quienes deben vivir bajo ellas.

El verdadero desafío, por tanto, no consiste solo en producir normas eficaces. Consiste en mantener vivo el equilibrio entre innovación jurídica y continuidad histórica. Porque el Derecho, como toda institución humana duradera, solo puede sobrevivir si es capaz de cambiar sin dejar de ser reconocible para aquellos a quienes sirve.

Rferdia

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