No princípio era o o verbo, e o verbo estava com Deus, e Deus era o verbo. Este estaba no principío con Deus.Todas as coisas existiram por ação dele e sem ele existiu nem uma só coisa que existiu. Nele estava a vida e a vida era a luz dos homens. E a luz brilha na escuridão e a escuridão não dominou a luz.

Joāo 1, 1-5

El mago Merlín constituye una de las figuras más plásticas y persistentes del imaginario occidental. Su centralidad dentro del mito artúrico no procede de un canon cerrado ni de una tradición rígidamente fijada. Desde la llamada Materia de Bretaña hasta sus reencarnaciones contemporáneas en el cómic, el cine o el videojuego, Merlín comparece siempre bajo máscaras cambiantes. Esta plasticidad explica que el mito artúrico no funcione como un cuerpo estable de textos, sino como una constelación en expansión, capaz de absorber relatos ajenos, como los de Tristán e Isolda o Lanzarote, que no formaban parte de su núcleo originario y que, sin embargo, acaban integrándose como si siempre hubieran estado allí.

El tránsito del Myrddin galés a un símbolo paneuropeo revela una capacidad de adaptación que afecta tanto al origen como a la función del personaje. Profeta, mago natural, consejero de reyes, protector de héroes, archivador del saber: cada tradición enfatiza un rasgo distinto sin anular los demás. En la península ibérica, esta mutabilidad se documenta desde muy temprano. Ya en la Edad Media, Merlín aparece en textos como El baladro del sabio Merlín, traducción tardía del ciclo de la Vulgata, donde confluyen fuentes francesas y británicas. Allí se fijan algunos de sus rasgos más inquietantes: su nacimiento demoníaco, su clarividencia, su relación ambigua con lo salvaje y su condición de sabio antes que de hechicero.

La literatura hispánica, de hecho, no abandona nunca del todo esta figura. Desde las Cantigas de Santa María hasta el universo cervantino, Merlín reaparece como una presencia reconocible, asociada tanto al conocimiento como a la ironía. El episodio de la procesión fantasmal en la segunda parte del Quijote ofrece una imagen particularmente significativa: un Merlín cercano a la muerte, descarnado, casi espectral, pero todavía investido de autoridad simbólica. No es casual que Cervantes lo haga definirse por su memoria, su linaje ambiguo y su función pedagógica. Merlín aparece ya allí como archivo y maestro, más que como taumaturgo.

Es en este punto donde la reescritura de Álvaro Cunqueiro adquiere todo su sentido. Merlín e familia no pretende restaurar el mito medieval ni parodiarlo de forma burlesca. La operación es más sutil y, por ello, más profunda. Cunqueiro desplaza a Merlín del espacio legendario hacia una Galicia concreta, rural y reconocible, sin despojarlo por ello de su aura mítica. El origen sobrenatural se atenúa; la genealogía se vuelve doméstica; la casa de Miranda sustituye al bosque bretón. El mago ya no es hijo de un íncubo, sino heredero por vía materna. Este gesto no es inocente: responde a la voluntad de inscribir el mito en un imaginario gallego atravesado por el celtismo, la oralidad y la memoria local.

La estructura narrativa refuerza esta desestabilización. Merlín nunca se presenta de forma directa ni definitiva. El lector accede a él a través de recuerdos fragmentarios, voces ajenas y evocaciones infantiles. Felipe de Amancia, narrador incierto, advierte desde el inicio que no sabe si recuerda o imagina, y en esa ambigüedad se juega buena parte de la novela. Merlín se convierte así en una figura borrosa, hecha de relatos superpuestos, más cercana a un mito vivido que a un personaje fijado. No envejece del todo, no se deja poseer por una sola imagen, no se cierra.

Desde un punto de vista teórico, esta operación puede entenderse como un caso paradigmático de hipertextualidad. Merlín e familia se injerta en una tradición anterior sin funcionar como comentario ni como simple imitación. Cunqueiro no copia un texto concreto del ciclo artúrico; toma una figura cargada de historia y la somete a una transformación lúdica. No hay pastiche, porque no se reproduce un estilo; tampoco sátira, porque no hay burla. Lo que hay es parodia en sentido genettiano: una desviación mínima pero decisiva, un desplazamiento de contexto que altera el sentido sin destruirlo.

El resultado es un Merlín gallego que conserva los rasgos esenciales del mito, sabiduría, vínculo con la caballería, conocimiento del mundo, pero filtrados por la lengua, el paisaje y la tradición literaria española. El mago de Cunqueiro dialoga tanto con la Materia de Bretaña como con Cervantes, con Amadís o con Tristán. Es, al mismo tiempo, figura medieval y personaje del siglo XX. Esa doble pertenencia explica su fuerza: Merlín no aparece como reliquia, sino como superviviente.

Esta supervivencia adopta, además, una forma inesperada. El lector avisado no se sorprende al encontrar al célebre mago desayunando huevos revueltos con vino clarete, balanceándose en una mecedora a la sombra de una higuera o escuchando con atención relatos ajenos. Esa escena, aparentemente trivial, condensa buena parte del proyecto literario de Cunqueiro. El mito no se niega, pero se despoja de solemnidad; no se destruye, sino que se devuelve a la vida cotidiana.

El Merlín medieval era una figura poderosa y ambigua, asociada a lo extraordinario y a una autoridad casi sobrenatural. El de Cunqueiro conserva la memoria de lo maravilloso, pero pierde la distancia. Se humaniza. Tiene cuerpo, gestos, hábitos; viste de negro con bufanda colorada; usa anteojos; envejece sin que el tiempo termine de alcanzarlo. Esta desidealización no empobrece el mito, sino que lo reformula. El saber deja de ser poder para convertirse en capacidad de contar.

La misma lógica se extiende a todo el universo narrativo. Sirenas, princesas, demonios o enanos conviven con pajes, cocineras u obispos; transitan espacios reales junto a lugares imaginarios sin que el texto subraye la diferencia. La mezcla ocurre con naturalidad y genera un mundo profundamente verosímil, no porque imite la realidad, sino porque la ensancha. El lector no percibe una frontera entre lo fantástico y lo cotidiano: ambos planos se funden en una misma respiración narrativa.

La raíz de este procedimiento es la tradición oral. Merlín e familia es, ante todo, un libro contado. La mayoría de sus capítulos tienen un relator identificable y la incertidumbre entre memoria e invención se convierte en motor del relato. El mito, transmitido oralmente, nunca se fija del todo; cambia con cada voz. Cunqueiro asume plenamente esta lógica y convierte a Merlín en un moderno cuentacuentos, alguien que escucha, transmite y participa en las historias que circulan a su alrededor.

Así, el mago deja de ser únicamente protagonista para convertirse en mediador. Su saber no es arcano ni excluyente, sino hospitalario. En lugar de imponer prodigios, los narra; en lugar de hechizar, conversa. El mito se hace cercano en el tiempo y en el espacio, no porque se reduzca, sino porque se reintegra en la experiencia humana.

En última instancia, Merlín e familia demuestra que los mitos no se conservan repitiéndolos, sino transformándolos. Cunqueiro entiende que la fidelidad al mito no consiste en fijarlo, sino en permitirle cambiar de forma. Por eso su Merlín no es una copia del galés ni una invención ex nihilo, sino una reescritura legítima: un mago que, al hacerse gallego, sigue siendo profundamente artúrico. En esa capacidad para hacer cotidiano lo maravilloso reside una de las aportaciones más singulares de Cunqueiro a la literatura del siglo XX: mostrar que el mito, lejos de ser un resto del pasado, puede seguir habitando el mundo si se le permite contarse de nuevo.

Rferdia

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