La fe cristiana comienza afirmando que en el origen de todo no está el absurdo ni el caos, sino el Logos: una Razón creadora que es, al mismo tiempo, Amor. Solo porque el Logos es amor puede hacerse carne; solo porque es amor puede hacerse cercano sin dejar de ser verdad.

Joseph Ratzinger 

Si la Pascua constituye, desde la teología, el centro irreductible del año litúrgico, el acontecimiento en el que la fe cristiana reconoce su núcleo definitivo, la Navidad revela la forma interna de ese mismo misterio. Joseph Ratzinger insistió en que el cristianismo no nace de una norma moral ni de una determinada cosmovisión religiosa, sino de una afirmación ontológica de enorme alcance: en el origen de todo está el Logos. En la raíz de la realidad no se encuentra el absurdo, ni la violencia primordial, ni una voluntad arbitraria, sino una Palabra que es, al mismo tiempo, razón y amor. La Navidad conduce esta convicción hasta su consecuencia más radical, al mostrar que ese Logos no permanece en la abstracción, sino que entra en la historia y asume la carne.

Esta afirmación alcanza su expresión más concentrada y exigente en el Prólogo del Evangelio de Juan: «En el principio era el Logos, y el Logos estaba junto a Dios, y el Logos era Dios». Con estas palabras, el cristianismo se sitúa deliberadamente en el corazón de la pregunta por el sentido último de la realidad. No basta con afirmar que el mundo es racional; se afirma, además, que su racionalidad es personal, que el fundamento de lo real es una Palabra capaz de ser escuchada. El verdadero escándalo —la novedad que desborda toda expectativa— aparece cuando el texto añade: «Y el Logos se hizo carne».

Aquí tiene lugar el giro decisivo. El Logos no permanece en la esfera de lo inteligible ni se limita a garantizar un orden racional del cosmos. Entra en el tiempo, se somete a la contingencia, acepta la fragilidad de lo humano. Para Ratzinger, este paso señala la ruptura con toda concepción meramente filosófica del Logos. La razón última del mundo no se mantiene a distancia ni se impone como una evidencia aplastante; se expone, se arriesga, se deja tocar. La encarnación revela así que la verdad, para ser plenamente verdad, debe poder ser acogida.

Leída desde esta clave joánica, la Navidad no es una escena piadosa ni una suspensión decorativa del tiempo histórico. Es la afirmación de que el sentido último de la realidad no resulta inaccesible ni queda reservado a una élite intelectual. Si el Logos se hace carne, el significado del mundo deja de ser una abstracción o un concepto que se posee y se convierte en una presencia que se recibe. La verdad deja de imponerse desde fuera y comienza a solicitar hospitalidad. De ahí que la fe cristiana se articule, ante todo, como escucha. «A cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios».

Este desplazamiento tiene consecuencias decisivas para la comprensión misma de la razón. El Logos encarnado cuestiona tanto el racionalismo autosuficiente como el irracionalismo contemporáneo. Una razón cerrada al amor se vuelve fría, técnica y, finalmente, inhumana; un amor desligado de la verdad se disuelve en sentimentalismo. En el misterio de la encarnación, Logos y agapé coinciden sin confundirse. La razón se revela capaz de ternura, y el amor aparece como portador de verdad. El Niño de Belén no eclipsa el Logos: lo manifiesta en su forma más extrema.

Desde esta perspectiva, el pesebre no supone una infantilización del misterio, sino la expresión de su radicalidad más profunda. Dios no se presenta como un poder que domina, sino como una vulnerabilidad que interpela. No fuerza la adhesión, abre un espacio de acogida. La humildad de Dios no responde a una estrategia, expresa la coherencia de una verdad que solo puede darse en libertad. Así, la Navidad hace habitable la trascendencia sin vaciarla de su peso.

Por eso la liturgia navideña remite una y otra vez al silencio. No se trata de un silencio sentimental ni meramente estético, sino de una exigencia epistemológica. El Logos hecho carne no se capta en el ruido ni en la prisa interpretativa. Requiere una forma de conocimiento distinta, una atención que no violente su objeto. Aquí adquiere pleno sentido la figura de María, que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». No estamos ante una actitud devocional sin más, sino ante una auténtica forma teológica de conocer. La Palabra solo se comprende allí donde es acogida, custodiada y dejada madurar.

En esta misma clave debe leerse la palabra del profeta Isaías: «Como uno a quien su madre consuela, así yo os consolaré». El consuelo maternal no funciona como metáfora secundaria, sino como revelación decisiva del modo divino de estar con el hombre. Dios se deja experimentar como cercanía que sostiene, como ternura que no humilla. Esta imagen no atenúa el misterio, lo traduce a una forma humana de comprensión. No es casual que la desesperación y la depresión se alimenten del colapso del ámbito afectivo: cuando el mundo deja de percibirse como lugar de sentido y de cuidado, se vuelve inhabitable. Un conocimiento arrancado de su raíz afectiva acaba produciendo una visión desolada de la realidad.

Aceptar la imagen del Logos que se hace carne, del Dios que consuela como una madre, no es un gesto sentimental, sino un acto sanador. Restituye la unidad entre verdad y vida, entre razón y afectividad, entre fe y condición humana. Devuelve una comprensión encarnada del mundo, siempre que aceptemos su lenguaje desde dentro y no nos defendamos de él.

La Navidad, leída a la luz del Prólogo de Juan, aparece así como una escuela de razón ampliada. Nos recuerda que el fundamento del mundo no es mudo ni hostil, y que la verdad última no resulta incompatible con la fragilidad. El Logos se ha hecho carne para que el sentido pueda ser vivido y no solo pensado. En esa conjunción, razón que ama, amor que ilumina, se juega no solo el núcleo de la fe cristiana, sino también una determinada comprensión de lo humano.

Feliz Navidad.

Rferdia

Let`s be careful out there